¿Un planeta más inteligente?

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Ellos escribían cartas, nosotros enviamos e-mails; ellos alquilaban libros en las bibliotecas, nosotros los leemos -hasta “piratateados”- en internet; ellos no supieron qué es un teléfono móvil, nosotros-en cambio- no sabemos qué es no tenerlo; a ellos les abastecía lo que encontraban en los mercados locales, nosotros compramos -a veces más de lo necesario- de todo por internet; ellos esperaban ansiosos todas las mañanas el cartero, nosotros nos metemos indiferentemente a los periódicos digitales y nos actualizamos en tiempo real cada que queramos; ellos hablaban cara a cara, nosotros a través de una pantalla.

¿Hemos avanzado? Sí, por supuesto. Las tecnologías han dado grandes pasos y nos han facilitado las formas de existir y de comunicarnos. Miremos la siguiente infografía para darnos cuenta un poco de los grandes pasos que ha dado internet desde el año 2003. ¡Ya hasta las vacas usan wireless! Increíble.

100 posibles direcciones para cada átomo de la tierra. Mirándolo así, la imaginación sí podría ser el único límite. Sin embargo, aunque a la tecnología hay que reconocerle sus avances positivos, hay también que reprocharle sus efectos secundarios.

Miremos esto:

¿Really?

Si esto es inteligencia, hubiera preferido quedarme en la era de la torpeza. Si bien se han facilitado las formas de comunicarse, también se han impersonalizado. Ya es común que no te miren a los ojos cuando te hablan, que tu hermano te diga algo por el chat estando en la alcoba del lado, que un hombre baile contigo mientras chatea con los amigos o que cuando tu hables te digan ¿Que qué? y te toque repetir. Es raro que no sea raro. Sólo falta que ellos hagan el amor mientras él mira el gol del BCN y ella se lo cuenta en tiempo real a su mejor amiga.

Ahora, podría decirse que el problema no es de la tecnología en sí misma, sino de los usos que los consumidores le dan. No obstante, el dilema no es sólo de demanda, también de oferta.Si tenemos como premisa que el hombre es un animal de costumbres, y si sabemos además que durante siglos éste sobrevivió incluso sin la mínima tecnología necesaria, entonces podríamos afirmar que si las empresas le enseñaran a consumir determinados productos a los consumidores, éstos satisfarían sus placeres con lo que hay en el mercado. Pero no. “Si eso es lo que me piden, eso doy”, así es como funciona el mercado. Por eso las cosas no van a cambiar, porque los consumidores seguirán demandando las mismas cosas con la misma o mayor intensidad.

Lo mismo pasa, por ejemplo, con Call of duty, una serie de videojuegos de estilo bélico. Tal vez un videojuego como este sí sea inteligente en la medida en que en él se nota el avance de la tecnología pues  se le permite interactuar a los jugadores con gente que está en otros lugares. Mi pregunta es ¿qué tan inteligente es el planeta si esto es lo que se juega?

¿Qué tan inteligente es un planeta donde los jóvenes compran violencia virtual sabiendo que la tienen a la vuelta de la esquina, y gratis? ¿Puede ser un planeta de tantos consumidores ociosos un planeta inteligente?

Cuando digo ociosos me refiero, por ejemplo, a quienes disfrutamos -en mayor o menor medida- de quienes hacen (hacemos) lifecasting, es decir, de “nosotros” como lifecasters (al emitir nuestra vida) y lifeviewers (al ver la vida de otros) al unísono.  Me incluyo porque sería el colmo si no lo hiciera sabiendo que tengo una cuenta en Facebook y otra en Twitter. En ellos no sólo estoy convirtiendo mi intimidad en extimidad (como la define Lacán) para todos mis amigos y exteriorizando mi pensamiento (fenómeno del que hablan Maurico Vásquez y Diego Montoya en “Cotidianidades transmitidas en el espacio”, página 285), sino que estoy siendo cómplice para que la intimidad de todos ellos también lo sea. Si usted ha mirado alguna vez el perfil de uno de sus amigos en Facebook, o sus fotos, déjeme decirle que -para bien o para mal como diría Arjona- también hace parte de este grupo.

El problema de este lifelogging -que consiste en el almacenamiento de la vida, en internet en este caso- va mucho más allá de la simple transmisión pública de todos estos archivos para que sean para que sean procesados por los lifelivers (en el caso del lifelogging) o vistos en vivo por los lifeviewers (en el caso del lifecasting). ¿Se ha preguntado qué pasa, por ejemplo, con la información que había en la cuenta de Facebook de alguien que muere? ¿Se ha puesto a pensar en la cantidad de información que tiene usted en todas las cuentas que ha abierto durante toda su vida?

Si usted tiene un dispositivo móvil con GPS, ¿se ha puesto a pensar qué no podría hacer alguien que no tenga buenas intenciones con la ubicación geográfica que inmediatamente aparece cuando usted twittea? Seguramente no pensó en eso cuando abrió la cuenta. Pero sí, piénselo. Claro que como dicen los profesores Vásquez y Medina en el texto anteriormente mencionado, todo esto va “más allá de posturas apocalípticas”. Es más bien un “llamado” para reflexionar sobre el uso de las tecnologías y la repercusión que tiene, entre muchas otras cosas, el hecho de transmitir e “inmortalizar” la cotidianidad en el ciberespacio.

Es relevante tener en cuenta que la tecnología ha avanzado tanto que ahora hay un programa en internet donde usted pone el nombre de cualquier persona y le aparece desde su árbol genealógico hasta sus teléfonos. ¿Hay que pagar? Sí, entre más información quiera, más deberá pagar. Pero ese no es el problema.Si bien todo este cuento de la digitalización de la información es un avance para muchas cosas, es innegable que es también un gran peligro. Con una sola dirección IP, alguien que sepa y quiera hacerle daño puede perfectamente hacerlo consiguiendo incluso los números de sus tarjetas de crédito.

¿Es esto entonces un planeta inteligente? No. Que el planeta sea tecnológico y la tecnología sea inteligente, no quiere decir que el primero sea también esto último. ¿Será que las propiedades de igualdad -la transitiva en este caso- no se cumplen aplicadas a ciencias no numéricas?

Texto de referencia: “Cotidianidades transmitidas en el espacio, el fenómeno del Lifecasting” de Diego Fernando Montoya y Mauricio Vásquez. 

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4 comentarios en “¿Un planeta más inteligente?

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