Un poco de eso

Opinión, Poesía

Alguien me preguntó por qué siendo una persona tan alegre escribo cosas “tan tristes”.

“¿Me define lo que escribo?”, pensé.

Hoy me (te) respondo:

No soy sólo lo que escribo. Ni lo que callo. Ni lo que grito. Ni lo que vivo.

No soy la melancolía que me abraza tantas noches. Ni la nostalgia que me dan las montañas. Ni la niña que se siente perdida. Ni la mujer que camina, rota.

No soy las carcajadas en el suelo. Ni los abrazos en los que duermo. Ni los besos que (no) doy. Ni las victorias que celebro.

No soy mis suspiros. Ni mis lágrimas. Ni mi risa. Ni mi fuerza.

Soy todo eso.
Nada de eso.
Un poco de eso.

Y no quiero ser de otra forma.

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Sigo

Poesía

Ha pasado tanto tiempo desde la última vez,
que ya no recordaba qué era sentir un pozo lleno de miedos
acurrucado en el pecho.

Llevo con él semanas
y aún no me acostumbro a su peso, ni su aliento.
¿Cómo acostumbrarse a una presencia que crece?, me pregunto.

Hasta ahora no había sido capaz de escribir.
Y no sé si pueda.
Tengo las dudas alborotadas
como un avispero.

Me pregunto si alguien me comprendería
si me vuelvo grito.

A veces me siento sola. Y ridícula.
-es ridículo-.
Pienso en el mundo,
que se deshace a trocitos,
y lloro.

Lloro
y no me consuela ni siquiera el cielo.

Entonces yo, periodista,
evito los periódicos.
Y yo, persona,
evito las personas…
Como si con dar la espalda bastara.

Pienso en el mundo
y lloro.
Pero sigo, sí,
claro que sigo…
porque la vida sigue,
porque soy,
porque estoy,
porque puedo,
porque debo,
porque quiero.

Sigo.

El pozo de tus besos

Poesía

Me equivoqué cuando te dije
que tus palabras eran vacías.

Tus palabras, cariño roto,
estaban llenas de nada
-que es distinto-
y ahora tengo ese hueco
ocupando mi cuello:
ese trocito de piel que un día
-no hace mucho-
quiso ser (el) pozo de (tus) besos.

Me equivoqué contigo.
Y me equivoqué conmigo.
Pero qué iba yo a saber
que dispararías justo
en la grieta abierta;
y qué ibas tú a saber
que los brazos que te abrí,
estaban hartos de arropar
pieles que cortan.

Ahora no sé cómo mirarte
sin sentir en mi pozo
una fiesta de espinas;
ni cómo explicarle a mi boca
que tu piel es cuchillo,
si la toco yo.

Por lo pronto,
seguiré aferrándome al cielo.
Al que compartimos
y al que tengo dentro.
Porque tengo una certeza
y en esto sí no me equivoco:

Es en mi pecho
-y sólo ahí-
donde está mi paz.

Y aprenderé a encontrarla,
todos los días,
a pesar de nadie
y a risa propia.