A mi nieta – Carta Nº2

Martes, 24 de marzo de 2020

Anoche tuve pesadillas. Estaba a punto de entrar a la que se supone que era mi casa y se me adelantó una cucaracha que, por su tamaño, parecía más bien un ratón. Sin darnos tiempo a nada, se escondió debajo de la nevera. 

La escena siguiente éramos tu abuelo y yo, junto a la tía Ade y el Tío Ale, fumigando todos los rincones de la casa y sus alrededores. Llevábamos los mismos trajes que usa la Unidad Militar de Emergencias (UME) para desinfectar aeropuertos, avenidas, autobuses, estaciones de tren, residencias. 

El subconsciente es tremendo.

Cuando salí al jardín a tomar aire —porque no sé por qué esos bichos sí me lo quitan— tenía las piernas llenas de cadáveres. Me miro el gemelo y puedo sentir las alas del animal, aferradas a mi piel, como si fuera la suya.

Por suerte, desde que empezó la cuarentena, el despertar es mucho menos brusco que con el despertador. Ahora dos cuerpos peludos de aproximadamente cuatro kilos cada uno se desplazan desde no sé muy bien dónde hasta ubicarse entre tu abuelo y yo, a la altura de nuestras caras. 

No he querido contarle a nadie que desde hace justamente once días estas criaturas existen en nuestra vida porque aún no sé si somos un hogar de paso o el hogar definitivo; y contarlo me parece festejar una suerte que (todavía) no me-nos pertenece. No es carnaval, aunque en el pecho tenga encendidas lucecitas de muchos colores.

Ahora mismo duermen a mi lado, tan juntas que parecen una. Me ha dicho mamá que es evidente que compartieron el mismo útero. No sé quién pudo abandonarlas, pero cuando las mimo, las miro a los ojos y les digo: nunca más pasarás frío, ni hambre, ni miedo. Serás amada, respetada y valorada el resto de tu vida. Lo prometo. Ellas me miran con las pupilas llenas de vida y yo vuelvo a sentirme la mujer más afortunada. ¿Sabes por qué? Porque cuando las cogí entre mis brazos, fueron ellas quienes me sostuvieron. 

Aquí sigue lloviendo. Te lo cuento porque la lluvia aquí es escasa, así que los días húmedos son casi un milagro. Mantengo las ventanas cerradas, no sólo porque hace frío, sino porque así evito que entre un bicho de esos. Sólo por si no ha quedado claro: me refiero claramente a las cucarachas, no al coronavirus. No hace mucho, mientras estaba sola en la habitación, entró una volando por la ventana. Me asusté tanto que me caí de la cama y por poco bajo rodando las escaleras. Me costó recuperar el aire. Tu abuelo al verme llorar, no sabía si reñirme o reír.

Yo tampoco sé si reñirme o reír. Sólo sé que hay momentos en los que sólo es posible llorar. El día dos de confinamiento, por ejemplo, lo hice. Me senté en el sofá después de haber limpiado el pipí número no me acuerdo de las niñas y lloré. Lloré de rabia, de miedo, de angustia, de pena, de cansancio… hasta que se me secaron los ojos. 

El alivio se parece mucho a como se ve el cielo cuando escampa. Lástima que ahora la ciudad esté cubierta de una ausencia enferma que ventea fuerte. 

Por lo pronto, me aferro a las lucecitas de mi pecho. Cuando las pierdo, me acerco a las niñas, las miro a los ojos y nos digo: “Nunca más pasaremos frío, ni hambre, ni miedo. Seremos amadas, respetadas y valoradas el resto de nuestra vida. Nos lo prometo”.

Mañana más.

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