“No sé si van a decirle: No tienes padre y encima eres negro. Sólo espero que herede mi fortaleza”: Mamen Matarredonda

Crónicas

-“Aquí no se mata a nadie, ¡yo me voy al cielo!”, dice con tono burlón después de sacar por la puerta trasera del almacén una cucaracha viva que había cogido con un plástico. Al ver mi cara de asombro me pregunta sin cambiar el tono: “¿No te declarabas amante de los animales?”.

El escote de su mono de flores deja ver los primeros indicios de su embarazo y la criatura ya empieza a hacerse notar en la parte baja de su abdomen. “¡Madre mía Guille! Si así eres de dos meses y medio, ¡no me imagino a los nueve!”, dice poniendo su mano derecha sobre su estómago.

Tiene un anillo plateado en el dedo anular y otro igual en el de la mitad. Pero no, Mamen Matarredonda no está comprometida, ni casada, ni tiene pareja. Desde una de las venas del antebrazo derecho salen en tinta negra las raíces de un árbol que sube hasta un poco más arriba del codo. En el otro brazo, otro árbol. En la nuca, tres círculos bajan en fila por la columna vertebral hasta camuflarse en las flores de la ropa y en el empeine de uno de sus pies, un árbol más.

-¿Ya sabes que es niño?, pregunto cuando nos sentamos en una de las cafeterías del Mercado de Colón, en la ciudad de Valencia. La camarera no tarda en poner dos vasos medianos de Orxata sobre la mesa.

-No, pero prefiero chico, tengo más química con ellos. ¿Sabes cuál es mi problema? Que estoy acostumbrada a tratar con animales y soy un poco bestia. Pero bueno, la gente me dice que si es chica mamará de mí y al no ver una princesita, no será princesita… En realidad lo que venga, mientras venga bien…, concluye no muy convencida mientras juega con los dedos con el papel del que sacó el pitillo.

-¿Y si es chico pero se comporta como eso que tú llamas “princesita”?,

-¡Eso sería el castigo divino!, responde abriendo los ojos de par en par y soltando una carcajada. Y luego explica: No porque sea gay ¿eh?, eso me da igual, sino porque se comportaría como una “Mari-flower”. Suelta otra carcajada.

Esta mujer de 37 años, ojos redondos y expresivos, pestañas largas y un pelo negro y corto que, según ella, “crece hacia los lados”, tiene un humor bastante negro, no tiene pelos en la lengua, no se avergüenza al decir que ha estado con más de una docena de hombres y ahora comparte su cama doble con Lola, una perra, y Guapa, una gata.

 A sus 19, con “un rollete”, quedó en embarazo por primera vez. Abortó. Once años más tarde, con otra pareja, lo que parecía ser un embarazo fue un “huevo huero”. Al descubrirlo en la segunda ecografía tuvieron que provocarle un aborto. “Esta vez me lo tomé fatal. Quedé en shock. Creo que fue cuando realmente se despertó mi interés por ser madre”.

Seis años después comenzó lo que en ese entonces se convirtió para ella en un “proyecto de vida”: Ser madre. Sin embargo, convencida de que “lo haría mejor sola, sin tener que estar luchando con alguien para todo”, decidió intentarlo con inseminación artificial. Luego de “cuatro disparos al aire”, en sus palabras, optó por inseminación in vitro y, al tercer intento, por fin, quedó en embarazo. En total: 11.000 euros de tratamiento y una espera de ocho meses. “Es súper duro porque divides la regla en un período de catorce días: entre que te baja y vuelven a hacerte la inseminación… no ves el final, sólo un chorro de pasta. Me medicaban mucho, siempre tenía la barriga hinchada, retenía mucho líquido… Estaba agotada. Me preguntaba muchas veces por qué me pasaba eso a mí, si era que el destino me está diciendo que no fuera madre, que no me precipitara, que encontraría el amor de mi vida. Intenté justificarlo todo. Fue un infierno”, comenta con ese tono de cansancio que envuelve la voz cuando la memoria se remonta a tiempos pasados que no fueron mejores.

Y luego prosigue: “Elegí un donante negro. Lo único que sé de él es que es de República Dominicana. Nunca he pasado más de dos meses sin estar con alguien, así que han pasado muchas caras de hombres en mi vida y no quiero que mi hijo se parezca a nadie, no quiero que se reconozca en él ningún rasgo diferente a los míos, ¡porque algo mío tiene que tener!. Quiero que sea como mi obra de arte, mi pequeño experimento”, dice intentando poner un tono de voz macabro en la última frase, como en las películas de terror. “A lo mejor se lo pongo difícil cuando sea mayor, ¿no? No sé si le dirán: ‘No tienes padre y encima eres negro’… Igual estoy fabricando una pequeña diana a la que todo el mundo se le va a ir encima. Sólo espero que herede mi fortaleza”.

Cuando le pregunto si ha leído de feminismo, abre otra vez los ojos de par en par y se ríe.

¿Qué es el feminismo?, me pregunta.

-Dime tú, le contesto.

-Tú eres feminista, ¿no? Sí. Bueno, yo me considero feminista, pero no sé, puede que esté equivocada. Yo sólo he visto desigualdades y machismo en temas laborales, no en temas cotidianos. Por ejemplo, que las mujeres se dejen manipular no lo entiendo, yo es que nunca me he dejado.

Mamen es la del medio de tres hermanos. La grande, once meses mayor que ella, no puede tener hijos y el menor tiene 17. Quizás por eso ha tenido tanto apoyo de su familia, especialmente de su madre, y de sus amigas(os) en general. “Este era mi proyecto de vida, pero sin mi madre no habría podido hacerlo… o igual sí, no sé. Si tuviera el dinero, tal vez… Pero ella es parte del equipo. De hecho, cuando íbamos a la clínica decía: ‘¡Esta es mi novia!’. Le hice pasar muchas vergüenzas a la pobre (risas). Al final se acostumbró de la bromita”.

¿Y tu padre qué opina?

-Hace mucho tiempo me dijo: “yo te subvenciono”. Seguro pensaba que no me iba a atrever porque cuando llegó el momento me dijo que estaba loca. Nunca más le conté nada porque me tocaba las narices. ¿No eras tú el que decía que me subvencionaba?, dice como pensando en voz alta. Y luego afirma con cierta picardía: Ni siquiera sabe que es negro, cuando lo vea seguro dirá: “Aquí pasa algo”.

-¿Nunca te imaginaste teniendo un hijo con alguna de tus ex parejas o compartiendo la crianza con alguno?,

-Nos han vendido la idea romántica de tener hijos y creo que lo que en realidad hacen es distanciar a la pareja, por lo que veo a mi alrededor. Y yo tendría mucho que ver, por mi carácter, responde.

-¿Cuál carácter?

-Soy muy de: lo que yo digo es lo que es. No me gusta pedir permiso, ni ir al son de nadie, ni pedir opiniones. ¿Tengo un problema? Yo lo soluciono. ¿Tengo una pena? Yo me lo quito. Eso deja poco espacio para otras personas. Creo en mi fortaleza como persona, confío en mí.

-¿Nunca has sentido un momento de vulnerabilidad tal como para necesitar a alguien?.

-Bueno, siempre ha estado mi madre. En el caso de mi embarazo mi vulnerabilidad sería por una cuestión logística, porque necesito apoyo económico y de mano de obra, no porque sea incapaz de hacerlo yo, porque estoy segura de que podría. Igual hasta que no nazca no sé qué va a pasar….

-¿Crees que has amado al máximo a alguna de tus parejas?

-Desde luego que no. Ese amor que todo el mundo vive tiene que estar en algún sitio, pero pienso que no voy a encontrarlo en una pareja, sino en un hijo. Claro que no sé si va a pasar, espero que sí (risas). Cuando tienes mucho amor acumulado, tienes la necesidad de cuidar a alguien. Es como: Tengo todo esto pero no sé a quién dárselo. ¿A una pareja? No, no se lo merece. Bueno, no es que no se lo merezca, es que no me apetece. Entonces pienso: ¿A quién se lo doy, a quién se lo doy?. ¡A mi hijo!, ¿no? Es que es tu chorro de vida, ¡eso tiene que ser súper grande!”.

-O sea que estás depositando en tu hijo toda la responsabilidad de hacerte sentir ese gran amor, le digo.

-“Sí, es posible”, dice bajando la mirada e impidiéndome ver cómo su respuesta anterior le había hecho iluminar las pupilas como si hasta allí dentro se hubiera metido el sol.

Un hombre moreno de unos 40 años se acerca a la mesa a ofrecernos pañuelos. De inmediato la camarera le pide el favor de retirarse. “Usted tiene trabajo y yo no tengo, ¿qué hago?, ¿robo?”, le pregunta el hombre. “Lo siento, señor, no puedo dejarlo. Yo también estoy haciendo mi faena”, responde ella. “Vale, pues perdone… pero digo que no estoy haciendo nada malo”, dice el hombre disgustado mientras sale por donde entró.

¿Qué te iba a decir?, me pregunta Mamen cuando el hombre se va. ¡Ah si! Que la maternidad es amor eterno, amor incondicional… Pero, ¿y si no es? A ver, yo espero muchas cosas de esto. Espero que cuando nazca mi hijo y lo mire por primera vez, diga: ¿Esto es mío?, ¿esto es para siempre?, ¿esto es eterno? Pero a veces me pregunto: ¿y si lo miro y lo primero que pienso es: esto lo voy a tener que cuidar siempre?, ¿en qué momento me metí en esto? Me da mucho miedo, eso me descuadraría un montón. ¡Llevo intentándolo todo para ser mamá!.

De repente, y sólo por un instante, esa coraza de mujer invencible que se pone todos los días antes de salir de casa, se desvanece. Aprovecho para preguntarle si hay algo más a lo que le tenga miedo y esto me contesta: “Dejar la faceta de halcón en el trabajo por tener que centrarme en mi bebé, que sería lo natural. Me da miedo no saber compaginar los tiempos, la verdad. Además, me daría mucha pena que Lola se sintiera desplazada… Pero bueno, me he metido a leer algunos foros y hay muchas mujeres que lo hacen verdaderamente solas y bien, así que si todas ellas han podido, ¿por qué no voy a poder yo?”.

Suelta el papel que ha tenido todo el tiempo entre sus dedos y mira el reloj. Son las 5:20 p.m. Los vasos ya no tienen Orxata. Pido la cuenta. Ella paga. Nos despedimos en la puerta del Mercado y la veo desaparecer a paso rápido por la Calle del Conde de Salvatierra. La veo no, les veo, porque va con “Guille”.

 

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“Yo siempre creí que yo había salido de un día así bien apasionado, que yo era la ñapa. Y no”

Crónicas

Testimonio real. La persona pide mantener su identidad oculta.

– “Si hablo así –y baja la voz- usted me escucha, ¿no?”, pregunta acercándose un poco más al micrófono de los audífonos.

Desde el otro lado de la pantalla, una mujer comienza a hablar despacio… “Somos una familia numerosa, todos mis hermanos se llevan pocos años, menos yo que nací varios años después… Mis papás nunca se casaron y mi mamá no lo quiere ni poquito. Antes de yo nacer, mi mamá decidió que las cosas deberían quedarse así y cada uno por su lado. El vive en otra ciudad…

¿Cómo ha sido mi relación con él? Siempre muy cortante. Yo soy muy grosera con él pero porque él también es así conmigo y yo no me la dejo montar de nadie. Me manda plata cuando la necesito y cuando viene se queda en mi casa…

Con mi mamá, en cambio, la relación es muy buena. Ella se llega a ir y yo simplemente me muero con ella… Siempre me ha dado todo lo que he querido, excepto el carro”, dice y se ríe con malicia. Y luego, con una voz que pareciera salir de alguien mucho menor, afirma: “es la mejor mami del mundo… aunque en la Universidad yo empecé a identificar que a veces estaba malgenio conmigo sin motivo… Yo siempre lloraba. Era algo así como el día 28 pero yo sabía que eso no era.

El año pasado nos fuimos de vacaciones. Al final del paseo decidí preguntarle a mi mamá qué era lo que le pasaba conmigo. Para salir de donde estábamos teníamos que coger una lancha 20 minutos hasta el puerto más cercano, allí coger bus hasta otra ciudad y por último ya sí coger avión. Durante las cinco horas del trayecto en bus me senté con mi mamá. Cuando empecé a decirle todo, ella me lo negaba. Ella es así: se siente débil y no dice nada. Como mis hermanos me llevan a mí tanto tiempo, yo siempre creí que yo había salido de un día así bien apasionado, que era la ñapa. Y no.

<<¿Fue un momento bueno cuando usted cuando me hizo con mi papá?>>, le pregunté a mi mamá. No me respondió… Entonces le pregunté: <<¿Fue a la fuerza?>>. <<Sí, pero no quiero hablar de eso>>.  Le dije que yo sí quería hablar de eso porque eso me estaba afectando a mí. Con su forma de ser ella me estaba desestabilizando. Ahí me contó la historia…

Fue un día a la fuerza en el cuarto de ella. Sólo se dio cuenta que estaba embarazada de mí como a los cinco meses. Le pregunté que por qué no me había abortado, ¡uno para qué carajos va a tener a alguien que no quería! y me dijo que no iba a hacer eso, que no se iba a deshacer de mí y que no me iba a entregar a Bienestar Familiar. Ella sabía que íbamos a salir adelante. Después me dijo: <<A veces me acuerdo que tú eres el resultado de algo que yo no quería que me hicieran, por eso me pongo así… pero yo a ti sí te quiero>>. Ninguno de mis hermanos lo sabe, mi mamá me dijo que no les contara, a pesar de los años que han pasado.

Ocho días después de esa conversación estábamos en un centro comercial y yo vi una chaqueta muy bonita. Le dije que se la iba a regalar y me dijo que no, que ella ya tenía un regalo. <<¡¿Quién se lo dio?!>>, le dije yo. Y me respondió: <<El mejor regalo que tengo eres tú>>. Me puse a llorar horrible en el almacén, mis hermanas me miraban creyendo que estaba loca (se ríe) y mi mamá sólo dijo: <<déjenla, está sentimental>>…

Me siento realmente muy bendecida por tener una mamá que me ama sin importar nada, estoy agradecida con la vida. Y ¿mi papá? Después de saber esto le cogí más pereza… fastidio. Él sólo es el hombre que me da plata”.

La resistencia de un pianista

Crónicas

–       “Había un bar a la salida del pueblo. Los músicos, que tocaban en vivo, estaban afinando los instrumentos. Así empieza la obra…”

Sentado frente al piano con los hombros levemente hacia delante, un hombre de piel trigueña, ojos negros, cejas gruesas y una barba de varios días sin afeitar, interpreta el Primer Vals de Mephisto, de Franz Liszt, basado en el poema de Nikolaus Lenau del Fausto.

–       “Aquí es donde Fausto ve en la fiesta a la mujer más hermosa de todas y la invita a irse para otro lado. Ella se resiste hasta que -como en toda historia cuando las mujeres dicen no- dice sí”.

Treinta y seis teclas negras y cincuenta y dos blancas se rinden ante los dedos de Gabriel Africany cuando este va pasándolos con rapidez sobre ellas. Mientras tanto, el Converse negro de su pie derecho aprieta elSostenuto, el pedal derecho del piano, dándole a las notas un eco que ya quisieran escuchar quienes no están con él y el piano allí dentro.

–       ¿Cuántos años tengo? Depende a quién esté tocando”, dice con sus característicos ojos de mirada profunda.

Con los ojos cerrados, tal vez sea cierto. Él puede estar a principios de 1700 siendo Johann Sebastian Bach que, según él, era un “matemático de locos”; o en 1770 siendo Wolfgang Amadeus Mozart o Ludwig van Beethoven; o en 1820 siendo Frédéric Chopin, “un romántico empedernido”, como dice él alargando la a con una voz grave y cierto tipo de adoración.

A veces sube el codo, mueve la muñeca, tensa los músculos de la cara, aprieta la mandíbula, aumenta la velocidad y se emociona tanto que el cuerpo se le levanta por segundos de la silla. Las paredes, siempre atentas, reciben airosas las fuertes ondas del sonido. Otras veces cierra los ojos, levanta sutilmente las cejas, acaricia despacio las teclas y un silencio cargado de romance cobija el salón. “Se trata de conocer mucho el instrumento y conocerse mucho a uno mismo”, eso dice él.

Africany nació en el Valle del Cauca, Cali, hace veintiún años. A su apellido -de origen italiano- le debe las entrevistas que le han pedido primero que a otros solo por ser armónico como un arpegio de do.

César Betancur fue su primer maestro. “Le agradezco mucho porque me enseñó muchas cosas pero él no era pianista. Me tocó aprender de él y después desaprender”. El reflejo del sol hace que le brille el piercing de su oreja derecha e incluso el que intenta esconderse -en vano- bajo pedazos de pelo liso que le caen en la frente y le tapan a medias las cejas.

Juvenal Moreno, “un pedagogo impresionante”, fue su segundo maestro. Fue él quien le “pegó las ganas” de un grupo a capela y quien lo convenció de ir a Popayán a buscar al maestro Mandred Gerhardt, notable pianista de la línea de Chopin, de origen uruguayo.

A los 15 años, Africany dejó su madre, partió para Popayán, donde también vivía su papá, buscó al maestro y tocó la puerta de su casa. “Era como entrar a un museo, todas las paredes estaban llenas de cuadros, tenía un piano Steinway del año 29, tapetes persa…”, cuenta él mientras aspira un cigarrillo que prácticamente ya no puede ni coger por lo pequeño que está. El maestro Gerhardt tenía sólo cuatro estudiantes, elegidos por por sus aptitudes y sus ganas de aprender. Recuerdo que ganarme el puesto de uno de ellos no fue fácil.

–       “La primera vez que toqué, me paró como a la mitad y me dijo que no, que estudiara en el conservatorio. Para mí fue un fiasco horrible. Tres veces me dijo que no”.

En el cuarto intento llegó a un acuerdo con él. Sería el quinto estudiante siempre y cuando no hubiera una sola clase en la que no “funcionaran”. “Casi pierdo once”, asevera Africany. Ya no tenía que aprenderse obras de tres páginas, sino memorizar unas de 30 y pico como la Sonata patética de Beethoven.

Cuando llegó donde el Maestro sin saber quién era Napoleón, ni cuándo había nacido Beethoven, ni qué era la Revolución Francesa, entendió qué era el piano. Fue en ese momento -como él mismo cuenta- cuando comprendió la importancia de saber quién escribió una obra, en qué época, por qué motivo y en qué contexto. “Ahí es cuando entra el intérprete. Ahí cada nota empieza a tener sentido”, explica Africany.

Con el uruguayo recibía clases de dos de la tarde a nueve o diez de la noche, dos o tres veces a la semana. “Cada clase con él era una cosa impresionante. Ese tipo te enseñaba desde tocar el piano hasta hacer una carne bien hecha”, cuenta entre risas. “Mandred era un maestro en todos los sentidos”.

A los seis meses el maestro no solo sacó a uno de sus otros cuatro estudiantes, sino que le propuso a Africany que se fuera a vivir a su casa para que pudiera aumentar el ritmo de estudio y coger técnica. No fue fácil decir en su casa, a los dieciséis años, que había recibido dicha proposición pero él es terco y eso fue lo que hizo.

–       “Obviamente no me dejaron pero obviamente yo me fui”, afirma con el orgullo de un niño que ya ha aprendido a amarrarse solo los zapatos.

Cuatro meses estuvo con el maestro preparando el programa con el que se presentaría a la Universidad EAFIT.

Quien el día de su audición le dio el sí es ahora su maestra. Su nombre es Blanca Uribe, una pianista colombiana que estudió en Viena con profesores de la misma línea de Beethoven. Según Africany, ella es su competencia más directa. Y es que para él la competitividad es lo más importante. “Si no tenés competencia no hay ningún valor agregado que te haga trabajar más”.

–       “Sólo he encontrado inspiración en un piloto de fórmula 1: Ayrton Senna”, explica Africany. Él, como Senna, tiene claro que “el segundo, es el primero de los que pierden”.

Africany no cree en la inspiración, sino más bien en la historia que apoya las cosas. “Vos podés tener mucha inspiración pero si no sabés cómo se escribe la música, de nada sirve. Si vos no sabés jugar con las letras, con las palabras, no vas a ser un Shakespeare, nunca”, dice categórico. Sin embargo, con o sin ella, ha escrito varios pasajes que en algún momento piensa desarrollar.

–       “La primera vez que escribí, escribí por alguien”. Se ríe y algo de timidez y picardía se asoma en su voz. Ella jamás la escuchó. “¿Para qué?, eso es mío”.

Prende otro cigarrillo. No podría precisarse si disfruta más su inhalación o su exhalación, cada una es un ritual que practica lento. Quizás sea porque es músico y los músicos acostumbran respirar profundo desde el diafragma para hacer rendir el aire al máximo.

–       “La gente puede que no entienda lo que significó Beethoven en su época o Mozart en la suya pero si esa gente no hubiera existido el mundo como lo conocemos hoy, no sería. ¿Qué habría sido del mundo hoy sin los Beatles?” Y concluye: “La música es peligrosa. Uno tiene que tener mucho cuidado con qué escucha y en qué momento de la vida”.

Él lo entiende porque además de sus clases de piano, armonía, contrapunto y dictado, recibe otra de historia y lee bastante. Africany es más activo de lo que parece. Hace dos años –sin querer, como él explica- el teatro lo enredó en su trampa y allí sigue. “El piano no es suficiente”, dice.

–       “Yo no quiero ser pianista. Yo quiero ser muchas cosas. Lo que yo quiero hacer con el piano es armar una resistencia, invitar a la gente a pensar no lo mismo que yo, sino lo que deban pensar, sin esa resistencia nos vamos es para la puta mierda”.

Africany es de esos tipos que camina lento, “un bohemio”, dirían muchos. Pero bohemio no es la palabra más precisa, es romántico, tal vez. “El amor es una disciplina”, alega con la misma propiedad con la que ahora es capaz de tocar La Campanela, una obra de Liszt que hace varios años no le “salía”.

–       “Uno va ganando técnica cuando las cosas difíciles se van volviendo fáciles”, dice orgulloso, sentado al frente del piano, mientras las teclas se hunden –solo a veces- al ritmo de las notas en las partituras.

Solo a veces porque, según él, no se puede tocar el piano “sinceramente”. “La gente no aguanta la sinceridad, nunca, nunca, y el público tampoco”. Por eso juega con las partituras, con los fuertes, con los tiempos.

Contesta una llamada, mira el reloj, aspira por última vez el cigarrillo y se levanta de la silla. Tres hombres lo esperan en un salón, ese es su grupo a capela. “Un, dos, tres, va”, dice Africany haciendo un chasquido con sus dedos cuando dice esta última palabra y de inmediato -a cuatro tonos- se escucha Hello my baby de Frog J. Michigan.

Mientras lo hace, en el primer piso del bloque de Música de la Universidad EAFIT, lo esperan ansioso ochenta y ocho letras, un pedal y cuatro paredes que exigen a gritos ser parte de su resistencia.

 

http://bitacora.eafit.edu.co/?p=7410