Cibercultura, híbrido socio-técnico-cultural

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Para comenzar a hablar de Cibercultura habría que saber primero a qué nos referimos cuando con el término. Pierre Levy, un profesor y filósofo tunecino experto en el tema, la ha definido en su introducción a Cyberculture como el conjunto de los sistemas culturales surgidos en conjunción con las tecnologías digitales de la información y la comunicación (TIC). Dicho de otro modo, la cibercultura –según Levy- podría definirse como cultura digital o e-society.

Ahora bien, la importancia de ésta radica en que todos aquellos desarrollos tecnológicos son también cultura material, como lo son todos los desarrollos culturales. Es decir, la idea de cultura digital tiene que entenderse como un híbrido socio-técnico-cultural donde el contexto y los agentes que participan de los cambios son fundamentales e interdependientes. Manuel Medina, en el prólogo de “Cibercultura, Informe al Concejo de Europa”, dice: “Una cultura, en general, se puede entender como un gran complejo de redes de sistemas culturales entramados entre sí, es decir, que se solapan, que comparten agentes, entornos y recursos culturales, interaccionan, se comunican y se transforman mutuamente. Cada sistema cultural se caracteriza por un colectivo de agentes y practicas específicas en el contexto de un entramado de entornos socio-técnico-culturales correspondientes a los diversos conjuntos de técnicas, artefactos y recursos que conforman dichas prácticas”. (Página IX)

¿A qué entornos se refiere Medina? A los entornos materiales  electrónicos –los equipos informáticos y los demás artefactos y dispositivos complementarios-, a los entornos simbólicos digitales –que son aquellos por donde residen y circulan las informaciones digitalizadas, como las bases de datos, los portales y los diferentes programas-, los entornos interpretativos –que se refieren a los valores, las representaciones y las interpretaciones que hacen los agentes, que van desde individuos y colectivos conectados hasta diseñadores, programadores y legisladores, de los diferentes entornos simbólicos- y, por último, los entornos organizativos que hacen alusión a las formas en las que están articulados esos agentes activos del ciberespacio, tales como comunidades, universidades, centros de investigación, empresas e incluso organismos gubernamentales o internacionales.

Como podemos ver, el esqueleto de la cibercultura está representado por tres nociones que van de la mano: la tecnología, la cultura y la sociedad. Como dice Medina sobre las palabras de Pierre Levy, pensar que estas tres distinciones “corresponden a tres entidades separadas entre sí representa una especie de ficción intelectual”. (Página XI) Además, según dice Medina: “no hay propiamente prácticas o sistemas puros, o sea, que correspondan a un único medio cultural, sino que toda práctica cultural es híbrida, al estar, de un modo u otro, medida y condicionada artefactualmente, estabilizada e interpretada simbólicamente, articulada y realizada socialmente y situada ambientalmente”. (Página XII).

Pongamos como ejemplo la aparición del BlackBerry y los Iphone. ¿Son sólo un artefacto tecnológico independiente de la cultura y de la sociedad? Por supuesto que no. ¿Quiénes hicieron posible que esto no fuera así? Los usuarios –y su cultura- y el contexto (sociedad) en el que aparecieron.

Pensemos un momento. En la era de ahora, donde no hay consumidores, sino prosumidores –consumidores que no sólo consumen, sino que producen, o sea, consumidores activos- aparecieron estos dos nuevos dispositivos. Hay que tener en cuenta también que el celular desde hace varios años se ha convertido más que en un “extra”, en una necesidad. Teniendo en cuenta estas dos premisas aparecen pues estos dos nuevos artefactos tecnológicos y no sólo revolucionan el mundo de la tecnología –por sus innegables avances-, sino también las comunicaciones y el mundo cultural, de tal modo que tener un BlackBerrry o un Iphone pasó a ser una moda, moda de la cual evidentemente no todos pueden permitirse hacer parte por aquello de la “estandarización de algunos segmentos del mercado” a la que se refiere el brasilero Renato Ortiz en “Globalización y cultura” en su texto: “Los artífices de una cultura mundializada”, 1998.

Veamos este video para entender cómo de una u otra forma quienes tiene el poder sí son los nuevos consumidores (prosumidores):

Si la cibercultura no fuera un híbrido entre tecnología, cultura y sociedad, el hecho de tener, por ejemplo, un BlackBerry no tendría por qué ser un indicio de que “estás in” o de que “tienes plata”, “prejuicios” –por así llamarlo- que la sociedad, por lo menos en Medellín, por su cultura ha ido alimentando y con los cuales ha sido posible que existan “los otros” de los que habla Ortiz en el texto anteriormente mencionado. Evidentemente de aquellos dos prejuicios se saldrían los ejecutivos que más que usar el BlackBerry para usar las redes sociales y para hacer uso del “Bb chat” –como lo abreviaron ya los agentes que lo usan-, lo hacen para agilizar su trabajo con el correo, por ejemplo.

Otro claro ejemplo es el grupo –que a propósito, no sé cómo se llama- en el que quienes lo constituyen se “ayudan” diciendo dónde hay retenes para evitar así multas por alcoholemia. ¿Una alcahuetería? Sí. Sin embargo, ese tipo de complicidades pasan en el ciberespacio. Así es como algo que en principio es “sólo tecnología” pasa a ser algo cultural y real. En definitiva, sí cohabitan y sí son interdependientes la cultura, la sociedad y la tecnología. Por esta interdependencia es que se habla de ecosistema digital.

Todo esto difiere de aquel determinismo tecnológico del que habla Medina en su prólogo, pues según éste los impactos –incontrolables y con efectos ineludibles- de la tecnología “se ven como el resultado de una acción unidireccional de tipo mecánico que parte de un factor activo (la tecnología) y va a parar sobre un objeto pasivo (la cultura o la sociedad)” (Página XIII).

Como lo vimos anteriormente, la sociedad no es un objeto pasivo, sino por el contrario totalmente activo. Por lo tanto, hay una constante retroalimentación o feedback, no hay una acción unidireccional en ningún momento.

El determinismo tecnológico se basa un poco en el conocido lema de la Guía de la Exposición Universal de Chicago de 1993 al que hace alusión Medina en su texto que dice: “la ciencia descubre, el genio inventa, la industria aplica y el hombre se adapta o es moldeado por las cosas nuevas”. Esto tal vez tenga algo de cierto. No obstante, ahora el usuario se adapta o es moldeado. El usuario –ahora prosumidor- puede moldear también las tecnologías que le ofrecen. Según esto, nuevamente hay feedback, nuevamente se desmiente la teoría del determinismo tecnológico.

El  hecho de que la World Wide Web (WWW) haya aparecido en los años 90 es un claro ejemplo de cómo los agentes culturales desarrollan, configuran, reconfiguran y se transforman –de manera a priori indeterminada- mutuamente con la ciencia y la tecnología. Esto lo concluye Medina con la “idea de la inseparabilidad de técnica y cultura, dado el carácter esencialmente técnico de la cultura y el carácter cultural de la técnica”. Y es que podría decirse que el hombre ha sido desde siempre tecnología (o sea, prácticas y artefactos). ¿Qué sería un ser humano hoy sin algo tan sencillo como la ropa? ¿un estudiante sin un lápiz y un cuaderno? ¿Un escritor sin una mesa? ¿Un carpintero sin un martillo? ¿Un cirujano sin bisturí? Todos esos artefactos –que son tecnológicos- configuran a su vez el ser humano y su cultura. Por eso el ser humano es tecnología.

Existe entonces una triple vertiente estabilizadora que hace que tanto la tecnología como la cultura y la sociedad estén en equilibrio. Según ella, tendría que haber en primera instancia una estabilización técnica que asegure un funcionamiento razonable y fiable y luego una estabilización interpretativa y organizativa que es la que permitirá la aceptación cultura y social de los nuevos artefactos tecnológicos materiales. Esta complicada tarea de estabilización de entornos hace parte de los riesgos permanentes en los que se encuentra la cultura digital. Pongamos como ejemplo la velocidad con la que han evolucionado los estudios del ADN con el Proyecto Genoma Humano. Si bien es un proceso positivo para la cultura digital pues ha demostrado el gran alcance que ahora tienen las tecnociencias informatizadas, también ha tenido problemas a nivel cultural pues ha desestabilizado fuertes tradiciones culturales, en este caso relativas a la religión.

Otra de las tareas de la cultura digital es pues la valoración de impactos pues lo que para unos puede significar una transformación positiva, para otros puede ser una desestabilización crítica. Es el caso por ejemplo de lo que está pasando ahora con la Ley SOPA. ¿Cuál ha sido la transformación positiva en este caso? Que se le ha dado la oportunidad  a cientos miles de prosumidores a demandar música, videos y libros gratis. Esto podría traducirse como la salida del “analfabetismo cultural” de muchísimos usuarios que hacen uso de esas plataformas que el gobierno estadounidense ahora quiere penalizar como es el caso de Megaupload. ¿Quién no agradece poder verse una película en su casa y gratis? o ¿leerse un libro y ahorrarse una platica? Ahora, ¿qué es lo negativo? ¿a quién desestabiliza esta digitalización pirata? A aquellos que se esfuerzan –en vano, claro- por hacer buenos trabajos y por recibir su recompensa económica correspondiente. ¿Le gustaría que la película en la que ha trabajado durante meses y que le ha sacado canas la pirateen 8 días antes del estreno? O ¿qué el libro que ha estado escribiendo durante años lo puedan leer los demás gratis? No, ¿Cierto?

Es complicado. Por eso estoy de acuerdo con lo que dice Medina en su texto cuando dice que “una solución razonable ha de estar orientada hacia un modelo de desarrollo compatible, esto es, hacia formas de compatibilizar razonablemente nuevos sistemas tecnológicos con sistemas tradicionales” (Página XIX-XX). Y es que este desarrollo compatible requiere, además, como dice Medina, “la comprensión del pasado y el presente junto con una visión del futuro”.

Quitarle esa controversial forma de compartir archivos a esta sociedad que lleva años disfrutando de ello no será fácil. Hay mucha resistencia. Es más, parece ser más la resistencia de los piratas que quienes no lo son ¿Quién debe ceder? Los dos. Habrá que buscar una solución razonable –como la llama Medina- en donde puedan convivir –y no como perros y gatos- la piratería y los derechos de autor. ¿Es eso posible? No lo sé pero tendrá que serlo.

 

Texto de referencia: Prólogo de Manuel Medina a la Introducción a Cyberculture de Pierre Levy.

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