Tinta azul

Relatos Cortos

CAPÍTULO 1

Martes 6 de agosto de 2008

 – Señor le han dejado esto, le dijo el portero del edificio.

– ¿Quién?, preguntó José Manuel Durán.

– No lo sé, alguien del correo.

– Bien, muchas gracias.

El sobre era blanco. En letra azul decía su nombre y su dirección. Le dio vuelta dos veces antes de que el ascensor se abriera ante su puerta. 502. Ese era el suyo.

El interior estaba impecable. A la izquierda, tres muebles de cuero negro rodeaban una mesa de un metro de largo y 70 centímetros de alto. Era la sala. Al fondo, al mismo lado, había una puerta: la de su habitación. A la derecha de la puerta principal estaba el baño social y seguido de éste estaba la cocina que se conectaba –por medio de una barra- con el comedor, ubicada al final del ala derecha del inmueble.

Entró directo a su habitación. Colgó la chaqueta del perchero, se quitó los zapatos, los puso justo al lado derecho de su cama y se dirigió al armario. El sobre reposaba en el tendido azul de su cama de matrimonio.

Hasta que no se había puesto su pijama –un pantalón verde pastel de algodón y una camiseta blanca- no volvió a coger el sobre.

“¿Será de mi madre? No, a ella nunca se le olvidaría firmar el sobre…¿Lorena? ¡Imposible!”

Se recostó, dobló una de las almohadas y se la puso en la parte inferior de la espalda. Rompió el sobre con cuidado en uno de los costados. Había una hoja doblada en tres. La letra de la carta también era azul.

Reconoció inmediatamente la caligrafía y un frío le recorrió su cuerpo.

Agosto 5 de 2009

Josema:

Ya van casi 18 meses desde la última vez que nos vimos. ¡Cómo corre el tiempo! Quería saludarte y contarte que estoy bien. Desde que todo aquello ocurrió no he dejado de pensarte. Supongo que estás feliz y me alegro. De verdad te lo mereces. ¿Como tú? Pocos.

Por fin le he entregado al editor el borrador de la novela. Se publicará en noviembre si todo sale como lo he planeado. Confío en Dios en que así sea. Quizás no esté presente para celebrar el triunfo desde aquí, pero sé que tú sí y eso me hace feliz…Otro viaje. Sí, pero aún  mejor, supongo. Mi corazón no está bien. Nadie sabe el motivo ni la cura. Tal vez sólo me quede un día, un mes, no más… Ni siquiera tú podrías hacerlo revivir.

Entiendo que ahora haya un motivo más para no querer verme. Esta carta no la escribo para que lo hagas, lo entenderé. Sólo quería decirte: Gracias. Gracias por haber cumplido mi sueño de amar y ser amada. 

Un beso

Ali*

Sentado encima del tendido azul, con la respiración entrecortada y en un estado no muy placentero, la frase: “Tal vez sólo me quede un día, un mes, no más” no dejaba de darle tumbos en la cabeza. Se paró y caminó unos minutos en su habitación. Abrió la ventana, asomó la cabeza, tomó aire fresco y regresó a la cama. Miró la fecha de la carta: 5 de agosto. Ya habían pasado veinticuatro horas desde que ella la había escrito. Dobló el papel, lo metió en el sobre y lo tiró al suelo. Casi cinco horas más tarde pudo, finalmente, quedarse dormido.

CAPÍTULO 2

Miércoles, 7 de agosto de 2008

Lo levantó el timbre del teléfono. Eran las ocho y once minutos.

–       Dr. Durán el paciente ya está esperándolo, dijo María, su secretaria.

–       Dígale que en veinte minutos estoy allí.

Colgó.

José Manuel Durán era un español de 29 años. Medía 1,81cm, tenía el cabello negro, los ojos azul cielo y la piel blanca. Una barba pulida y bien cuidada y unas cejas negras y gruesas le daban un toque masculino y fascinante. Además, su cuerpo daba mucho de que hablar. Desde los 13 años se dedicó a jugar al tenis cinco veces a la semana hasta que entró a la Facultad de Medicina en la “Universidad Complutense de Madrid” y tuvo que repartir mejor su tiempo entre el deporte y el estudio. Tenía brazos fuertes y grandes, los trapecios definidos y abdominales envidiados tanto por hombres como mujeres.

Marco, su padre, ingeniero español, y Emilia, su madre, arquitecta, española también, no estuvieron de acuerdo en que su único hijo estudiara medicina en una ciudad diferente a Barcelona –donde habían vivido toda su vida- hasta que desde el primer semestre comenzó a ganar con matrícula de honor todas la asignaturas. Ahí sí lo apoyaron.

Los miércoles eran los días de consulta privada. El consultorio quedaba en el noveno piso de una de las mejores clínicas de ortopedia de la capital española. Como especialista en columna, Durán tenía gran reconocimiento en todo el país a pesar de su corta edad. Además, era un hombre humilde, trabajador, tranquilo y con una moral excepcional. Ya había pensando en pagarle al Doctor Dennis dos días a la semana, en vez de uno, pues no estaba pudiendo atender todos los pacientes.

–       Buenos días, dijo jadeante al entrar al consultorio.

–       Buenos días, respondieron al unísono la secretaria y el paciente.

–       María, recuérdame que tengo que llamar al Dr. Dennis hoy mismo.

–       Sí Doctor.

Entró al consultorio, descargó el maletín, se puso la bata blanca, se lavó las manos y esperó sentado en el escritorio a que María le diera la orden de entrada al primer paciente del día.

A las trece horas ya había visto a ocho pacientes. Casi todos venían recomendados por colegas que le enviaban los “casos complicados”. Él hojeaba las radiografías, las resonancias, revisaba sus historias y –si era del caso- les pedía que programasen la cirugía. Pan de cada día.

Su mente, afortunadamente, estuvo ocupada en casos clínicos hasta las 19:30 horas que vio el último paciente. Sólo quería una cosa: irse a casa. Se quitó la bata, cogió el maletín y cerró la puerta a sus espaldas.

–       ¿Si llamó al Doctor Dennis?

–       ¡Maldita sea! Ya será mañana… Hasta el miércoles María, muchas gracias y feliz noche.

–       Igualmente Doctor, que le vaya bien.

Llovía.

Llegó a su casa, encendió el televisor y se acostó en su cama. Miró el sobre que todavía estaba tirado en el suelo y –llorando- se quedó dormido. Ya habían pasado 48 horas desde que Ali había escrito la carta.

 CAPÍTULO 3

Domingo, 11 de agosto de 2008

 Eran las nueve de la mañana del domingo. José Manuel Durán se deshizo de las cobijas y se levantó. Pensativo, miró por la ventana y contempló por largos minutos la poca actividad que había en las calles. Seguía lloviendo.

Se dirigió a la cocina, sacó una barra de pan de la despensa, se sirvió café  y encendió el radio. Una mujer de 45 años y un bebé han sido encontrados muertos después de que los bomberos lograran controlar un incendio provocado en un piso de Retiro, han informado fu…”. Lo apagó.

Se encontraba agotado y desubicado. Desde que leyó la carta supo que tenía que verla y hablar con ella. Había muchas cosas para hablar. Tenía que verla. Quería hacerlo.                                                                                                     Tengo tantas cosas que explicarle… Dios ¡dame fuerzas para decírselo! Ella merece saberlo todo.

Se metió en la bañera y se quedó allí, quieto, pensando, hasta que los dedos y las manos se le arrugaron. El agua ya estaba fría. Había decidido que tenía que hacerlo. Y ya.

–       Aló, contestaron al otro lado de la línea.

–       ¿Con quién?, preguntó José Manuel al no reconocer la vos de Ali.

–       Camila

–       ¡Hola! Soy José Manuel

Silencio

–       Camila, ¿estás ahí?

–       Sí. Mi hermana te ha dejado algo. Si quieres recogerlo ya sabes dónde vivo.

Colgó.

Por un instante se quedó paralizado con el teléfono en la mano.  Las mejillas se le llenaron de agua salada. Cogió un papel y, con lapicero azul, comenzó a escribirle una carta.

Pidió un taxi. Quince minutos después, llegó a la casa de Ali. Fue Camila quien le abrió la puerta. Ella le entregó un sobre que decía: “JMD”, en tinta azul.

– Gracias, le dijo con voz entrecortada y se dirigió al portal.

Caminó sin rumbo unos minutos hasta que encontró un parque. Sólo estaba él sentado en una silla empapada por la lluvia. Cerró los ojos y dos gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas y destiñeron las letras azules del sobre. Lo abrió y, sin mirar su contenido, metió su propia carta dentro.

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